Es una cagada ir al cine. Miren que le busqué la vuelta, pero es una cagada mismo. Me fui dando cuenta de a poco que detestaba esos lugares. De chico iba a los cines diseñados para la gilada, pero rápidamente me di cuenta que no eran para mi. Es que después de ver por enésima vez al muchachito republicano lindo y de buenas costumbres ganarle al malo, en general distinguido facilmente por un color de piel o un acento gracioso al hablar (aclaré que era al hablar, para que nadie pensara que el tipo usaba “`” en lugar de “´”), y quedarse con la señorita sin cerebro de turno, como que uno se aburre. Entonces diversifica, va dando vueltas, y cuando las de humor ya no le hacen gracia y las románticas lo acercan peligrosamente a su lado femenino, hay que buscarle la vuelta por otro lado. Las películas animadas son las que se vienen salvando, pero son las más peligrosas de ir a ver, y es que si a uno le dan ganas de rociar el lugar con nafta y prenderlo fuego porque a algún hijo de puta se le dio por comer pop, la tensión generada por alrededor de mil seres de entre 6 y diez años hinchando los huevos porque hace rato perdieron el interés en una película que claramente no entienden puede llegar a ser insoportable.
Ahí es cuando uno dice “bueno, siempre me queda cinemateca, ahí la gente no come pop y los niños prefieren que se los lleve el viejo de la bolsa antes que pasar una tarde en ese lugar”, y es verdad, no come pop, pero la gente igual está ahí. En una oportunidad fui a ver al cinemateca 18 una película alemana llamada “el joven judío levi”, película de un humor descontracturado y picaresco como casi todas a las que nos tiene acostumbrados el cine en cuestión. Cuestión (valga la repetición molesta de la palabra) que a un viejo que estaba cerca mío (a menos de cien metros seguro) se le dio por sacar un caramelo. Un viejo con un caramelo en un cine puede llegar a generar mas suicidios que la crisis del 29. El tipo metió un ruido con el envoltorio que me sacó del partido, dejé de prestarle atención a las cosas espantosas que le pasaban al pobre judío para fijarla en ideas como “voy y le digo amablemente que me está rompiendo las pelotas o directamente lo invito a pelear”.
Una tercera opción fue el cine casablanca, un cine que se dedica a pasar películas semi under, o dicho de otra manera mucho más realista, películas para gilada que no se quiere dar cuenta que es gilada. Son esas películas que en cinemateca te las pasan a regañadientes pero si pasás por los cines del shopping no saben de que les estás hablando. Si bien es el cine con el que más me identifico, dado que hace mucho corroboré que soy gilada pero con vergüenza, esta fue claramente la peor experiencia, porque si bien la gente – para diferenciarse de la gilada conciente – no come pop, intenta hacerse notar de las peores maneras. Primero le quiere hacer notar a sus conocidos que vino a ver esa película de lo más intelectual y profunda, generando una conversación prolongada en exceso y con mucha risa falsa, que yo cortaría con un “si lo que querían era encontrarse con unos amigos, charlar, y tomar algo, ¿por qué no fueron a un bar?”. Es que salvo que yo vaya al mismo bar y la irritación que se calcula en función al nivel de estupidez de las personas, su volumen de voz y la distancia hasta mi mesa esté por encima de un umbral que es más que tolerante, es dificil que me molesten en un bar como Sí me están molestando en el cine.
Otra actitud que ya es un clásico del casablanca es la vieja imbécil que fue a ver una película que tiene momentos de humor, pero un humor jeje, un humor que a uno le saca una leve sonrisa. Pero a la vieja le da por exteriorizar con sus carcajadas para que los demás se den cuenta de que entendió el chiste, y ahí es donde uno se da cuenta de que la gente vive demasiado.
Entonces ta, la posta es el dvd y listo (la tele no es una opción, sea de antena o por cable). Pero no, porque rara vez uno ve una película solo, y al parecer no todos tenemos los mismos códigos. Un ciudadano responsable, antes de ver una película, comprueba la duración de la misma y adapta sus necesidades fisiológicas para no interrumpir el disfrute del film. Pero desgraciadamente no todos somos así, y por más “mimadreytusamigostenianrazoncontigonosepuedevivirmeestascagandolavida” a mi no me hacen entrar en razón, es decir, ya entré en razón, me corrijo nuevamente, la razón entró en mi y es toda mia porque TENGO razón. El señor o señores o incluso señoras (el cine está muy liberal ultimamente) que diseñó la película, diagramó los tiempos de la misma para que el cuadro que estamos viendo cuando a alguien se le ocurre decir “poné pausa que me meo” se proyecte en el instante inmediatamente anterior al próximo, no quince minutos. Porque en el medio uno inevitablemente realiza razonamientos alrededor de la trama que probablemente no había podido hacer porque la propia película no se lo permitía.
Yo no puedo traicionar al director y razonarle todo lo que vi hasta el momento porque a algún irresponsable se le dio por ir al baño. Probé poner un puzle al lado de la tele, y armarlo durante esos intervalos de tiempo, pero es más fuerte que yo, razonar no es optativo, uno razona o no razona, pero no es algo que uno puede decidir. Como soy un tipo tolerante, le arranqué el botón de la pausa al control remoto y presenté una segunda opción “si lo que querés es que detenga la proyección de la película, por mi está bien, pero la vamos a tener que empezar a ver de nuevo”.
Saludos
Damián

